Autoría: Dra. Fernanda Menéndez Manjarrez (Psiquiatra)
Más allá del «Running»: la nueva ciencia del ejercicio contra la depresión y la ansiedad (Guía 2025)
El eslabón perdido en el tratamiento de la salud mental
A nivel global, nos enfrentamos a una realidad que exige una respuesta empática y urgente: las personas que viven con enfermedades mentales presentan una esperanza de vida significativamente menor en comparación con la población general (Hu et al., 2020). Esta diferencia no es consecuencia inevitable del trastorno mental, sino del mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, diabetes y afecciones respiratorias, entre otras comorbilidades físicas (Stanton et al., 2019).
Como profesionales de la salud, es fundamental reconocer que el sedentarismo no es solo un síntoma, sino un factor que contribuye activamente a este ciclo de enfermedad sistémica.
Si la evidencia científica ha demostrado de manera consistente que el movimiento es una de las herramientas más poderosas para mejorar la salud mental, resulta necesario preguntarnos por qué continúa siendo una intervención subestimada dentro de los protocolos clínicos. Avanzar hacia un modelo de atención integral implica dejar de considerar el ejercicio como una simple recomendación de estilo de vida y comenzar a entenderlo como una intervención terapéutica con sólidos fundamentos biológicos.
El poder del impacto: no es solo «sentirse un poco mejor»
Los hallazgos del metaanálisis liderado por Banyard (2025) representan una de las evidencias más sólidas publicadas hasta la fecha.
En depresión, la magnitud del efecto fue alta, con una Diferencia de Medias Estandarizada (SMD) de -0.97, lo que posiciona al ejercicio como una intervención terapéutica de primer nivel y no como un complemento opcional.
En ansiedad, aunque el efecto fue moderado (SMD de -0.66), continúa siendo clínicamente relevante para favorecer la estabilización de los síntomas.
Estos resultados permiten considerar la actividad física como uno de los pilares fundamentales del tratamiento. El objetivo no es únicamente mejorar el estado de ánimo, sino favorecer cambios biológicos que modulan la respuesta del organismo frente a la enfermedad.
«La investigación ha demostrado que la actividad física puede aliviar tanto los impactos fisiológicos como psicosociales asociados con la depresión y la ansiedad».
Adiós al mito del «cardio es rey»: la libertad de elegir la modalidad
Uno de los hallazgos más importantes de esta revisión de 2025 es que rompe con la idea de que el ejercicio aeróbico es la única opción efectiva.
En depresión, los resultados muestran que el tipo de ejercicio —aeróbico, de fuerza o combinado— no modifica la magnitud de los beneficios, lo que permite personalizar la intervención de acuerdo con las preferencias y posibilidades de cada paciente.
En ansiedad, sin embargo, los resultados muestran un matiz importante. Mientras que el ejercicio aeróbico por sí solo no alcanzó una significancia estadística contundente (p = 0.090), el entrenamiento de fuerza o combinado presentó una asociación significativamente mayor con la reducción de los síntomas (p = 0.005).
Este hallazgo tiene una implicación clínica relevante: cuando el objetivo principal es disminuir la ansiedad, el entrenamiento de fuerza parece ofrecer una mayor precisión terapéutica.
El hallazgo liberador: menos es más (para empezar)
Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud de realizar entre 150 y 300 minutos de actividad física semanal suelen representar una barrera para muchas personas con depresión o ansiedad, especialmente cuando la fatiga y la falta de energía forman parte de los síntomas.
Sin embargo, la evidencia presentada por Banyard (2025) ofrece un mensaje alentador. De los 30 estudios incluidos en el metaanálisis, únicamente tres cumplían estrictamente con esas recomendaciones y, aun así, la mayoría reportó beneficios significativos.
Esto respalda la idea de que cualquier incremento en la actividad física por encima del sedentarismo puede desencadenar beneficios biológicos importantes.
El ejercicio ejerce sus efectos mediante diversos mecanismos:
- Optimización mitocondrial: mejora la producción de energía celular y contribuye a disminuir la fatiga crónica (Lopresti et al., 2013).
- Regulación neuroendocrina: favorece un mejor control de las hormonas relacionadas con el estrés (Schuch & Stubbs, 2019).
- Estabilización del ritmo circadiano: mejora tanto el estado de ánimo como la calidad del sueño (Hu et al., 2020).
El rompecabezas global: por qué el contexto importa
La efectividad del ejercicio como herramienta terapéutica no es universal, sino que depende del contexto y de la intensidad con la que se prescribe.
El contraste entre diferentes regiones resulta ilustrativo. Mientras que estudios realizados en Arabia Saudita e Irán (Abdelbasset & Alqahtani, 2019; Abdollahi et al., 2017) encontraron beneficios significativos con programas de caminata de intensidad moderada durante 12 semanas, investigaciones desarrolladas en Estados Unidos, como el estudio UPBEAT, mostraron beneficios mínimos después de 16 semanas de carrera de alta intensidad.
Estos resultados sugieren que, en personas con depresión o ansiedad, el ejercicio de intensidad moderada puede ser más sostenible y efectivo que los programas de alta exigencia.
Además, factores como el nivel socioeconómico, la disponibilidad de espacios seguros para ejercitarse y las barreras culturales (Salmi et al., 2023) influyen directamente en el éxito de la intervención. No basta con recomendar actividad física; es necesario considerar el contexto en el que cada persona intenta recuperar su bienestar.
La realidad clínica: una herramienta poderosa, pero infrautilizada
A pesar de que la magnitud de sus beneficios puede compararse con la de algunos tratamientos farmacológicos, el ejercicio continúa ocupando un lugar secundario dentro de la práctica clínica.
La revisión de Banyard (2025) identifica diversas barreras que limitan su incorporación sistemática:
- Calidad de la evidencia y sesgos: la falta de cegamiento en algunos estudios y el riesgo de sesgos metodológicos reducen la confianza para posicionar al ejercicio como tratamiento de primera línea.
- Brecha de capacitación: existe una necesidad creciente de integrar profesionales especializados en ciencias del ejercicio dentro de los equipos de salud mental.
- Inseguridad profesional: muchos especialistas reconocen no sentirse suficientemente capacitados para prescribir programas específicos de actividad física en términos de intensidad, duración y frecuencia.
Como concluyen los autores:
«El ejercicio debe ser considerado como una opción de tratamiento aislada o complementaria».
Conclusión: hacia una nueva receta para la salud mental
La evidencia publicada en 2025 marca un cambio importante en la forma de entender el tratamiento de la depresión y la ansiedad. Atrás queda la época de las recomendaciones generales; hoy sabemos que la actividad física puede formar parte de una estrategia terapéutica sustentada en evidencia científica.
El entrenamiento de fuerza, la caminata y otras modalidades de ejercicio no deben verse únicamente como actividades recreativas, sino como intervenciones capaces de mejorar la función mitocondrial, favorecer la regulación neuroendocrina y contribuir al equilibrio de múltiples procesos biológicos relacionados con la salud mental.
Más que un pasatiempo, el ejercicio representa una herramienta terapéutica que puede complementar el tratamiento psicológico y farmacológico cuando se prescribe de manera individualizada.
Después de conocer la evidencia disponible, vale la pena preguntarse:
¿Continuará viendo la actividad física como una recomendación opcional o comenzará a considerarla una parte esencial del cuidado de su salud mental?
Referencia
Banyard, H., Edward, K. L., Garvey, L., Stephenson, J., Azevedo, L., & Benson, A. C. (2025). The effects of aerobic and resistance exercise on depression and anxiety: Systematic review with meta-analysis. International Journal of Mental Health Nursing. https://doi.org/10.1111/inm.70054











